sábado, 2 de mayo de 2009

LOS PARTIDOS -EMPRESA


ALLÁ por el siglo XIX, cuando nacieron, los partidos políticos eran unos reducidos clubes de notables que a menudo se confundían con sus grupos parlamentarios. Según entró el siglo XX, primero en la izquierda y luego en la derecha, se impuso el partido de masas. Se trataba de organizaciones con vocación de ampliar lo más posible en número y territorio su base de afiliados y actuar no sólo a través de sus cargos institucionales, sino, sobre todo, a través de la movilización social. El siglo XXI parece que va camino de ser, al menos en la desarrollada Europa, el del partido-empresa.

En el partido-empresa ya no mandan los afiliados. Su importancia se ha ido reduciendo a la par que decrece el número de ciudadanos dispuestos a afiliarse, y decrece también la participación de los propios afiliados en las actividades de su partido. La desmovilización política general, la apatía y desvinculación hacia la cosa pública, va convirtiendo al afiliado en un figurante al que se llama sólo de vez en cuando para aplaudir en manifestaciones, mitines y otros actos públicos, y al que periódicamente se le convoca a un congreso para que aclame al líder y lo reelija; al que se le advierte de lo nefasto que es la imagen de división interna y la conveniencia de las listas únicas precocinadas para elegir los cargos orgánicos; al que se le convence de lo bueno que es el consenso interno y la utilidad del caudillismo y el dedazo como técnica de sucesión.

Lo verdaderamente importante hoy es el cliente. Hay que disponer de una buena marca comercial, o electoral, tanto monta, que atraiga las preferencias de un votante remiso a cualquier otro compromiso político que el de ir a votar de tarde en tarde. Así como en las grandes empresas no mandan los empleados, ni siquiera los accionistas, sino una élite tecnocrática que controla las artes de la producción y, sobre todo, de la mercadotecnia, en los grandes partidos hoy gobiernan unos reducidos grupos de expertos en lograr el éxito electoral. Los dirigentes ya no se reclutan necesariamente al modo de antes, es decir, entre los afiliados más leales, comprometidos y competentes. El modelo de carrera política tradicional, que empieza desde la base del partido en un comité local y como concejal o alcalde de pueblo, y permite que con los años se vaya ganando en experiencia y en responsabilidades escalando cada vez cargos más importantes, va quedando desplazado. Igual que los empleados de ventanilla ya no suelen llegar a director general del banco y los botones a gerente de hotel, en los partidos-empresa no se valoran tanto los muchos años de afiliación como los fichajes estelares.

Ojo; el partido-empresa no es una compañía cualquiera. Es una empresa lindante con el mundo del espectáculo, vende sobre todo imagen. La política actual va sustituyendo la ideología por el marketing, los principios por la cuenta de resultados, el debate por la propaganda. La propia supervivencia exige vender un producto que quieran adquirir cuantos más consumidores mejor. Por eso tiene que agradar a todos y la publicidad tiene que dirigirse en todas las direcciones. El mensaje tiene que ser a la vez tradicional e innovador, hay que prometer orden y seguridad, pero también progreso y cambio, autoridad y libertad, desarrollo y ecología, contentar a ricos y pobres, patronos y obreros, hombres y mujeres, jóvenes y jubilados, tiene que acompañarse del envoltorio de los intereses generales, del bien colectivo, de lo que conviene a la comunidad, a la patria, a la humanidad. No puede alarmar al poder económico, y tiene que gozar del favor de los medios de comunicación que deben transmitirlo. El programa tiene que ser como la Coca-Cola, adaptable a los que la quieren sin azúcar, o sin cafeína, o sin azúcar ni cafeína, a los que la beben sola y a los que optan por el cubata.

Por eso, como en el cine o la televisión, para ser un buen fichaje y convertirse en un político estrella ni siquiera se precisa experiencia. Al contrario. En el candidato ideal suele valorarse positivamente como novedad su completa ausencia de experiencia política; su falta de compromiso previo se vende como frescura, la ausencia de afiliación como independencia, la carencia de ideas propias como amplitud de miras. Un poco de currículum profesional viene bien; en la empresa, en el funcionariado, en la universidad, en una ONG. Pero lo fundamental es la imagen. Fotogenia y telegenia, habilidad para aprenderse los guiones, buena dicción y la oratoria mínima para convencer aunque no se diga nada o sólo generalidades, capacidad para atraer simpatía y evitar los rechazos previos. En suma, aptitudes para convertirse en un eficaz comunicador y anunciante del producto. Llevada esta tendencia al extremo, como ha hecho el máximo artífice de la política espectáculo y del partido-empresa que es Silvio Berlusconi, se puede ir a fichar candidatas para las listas electorales entre misses y mamachichos.

El acceso a la política desde el exterior no es, por supuesto, cosa nueva. Siempre ha existido la posibilidad de llegar a cargos públicos sin pasar por la militancia en un partido ni por el aprendizaje en la oposición. Siempre se han fichado personas sin previa experiencia que estuvieran adornadas de ciertas cualidades personales o profesionales que les permitieran asumir responsabilidades políticas. Pero antes solía limitarse la técnica del fichaje al ámbito institucional; se reclutaba un ministro, un director general, un diputado, un concejal. En suma, un independiente que la mayor parte de las veces, cuando agotaba su mandato, abandonaba la política y volvía a sus ocupaciones anteriores. Lo novedoso es que hoy el fichaje se suele hacer también para el partido. Si el independiente tiene la suficiente ambición y falta de escrúpulos no tarda en pedir el carnet de afiliado y en escalar cargos internos. Hoy existe gente que entra al partido casi directamente por su ejecutiva y se puede optar al cargo de líder con muy pocos años de militancia. O incluso sin ella, se puede ser fichado directamente como líder carismático (así entró Mario Conde al CDS). Se puede entrar a un partido desde el coche oficial y no bajarse de él en toda la carrera política. Y, por supuesto, también se puede pescar en las filas de la competencia, como en los equipos de fútbol se pueden hacer ofertas a las estrellas de los rivales.

Sin duda, el partido-empresa es la institución que requiere la política espectáculo de nuestros días, y ésta es la política que conviene a los desideologizados y apolíticos consumidores de telebasura y publicidad que constituyen una parte considerable del censo electoral. Aunque es verdad que cada pueblo tiene el gobierno que se merece, también resulta legítimo aspirar a merecer algo mejor.

Por Miguel Izu, Diario de Noticias de Navarra 01.05.2009

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