sábado, 14 de agosto de 2010

LA BICICLETA COMO MEDIO DE TRANSPORTE.


A estas alturas, ya empezamos a tomar como habituales y casi costumbristas los mensajes positivos sobre el uso de la bicicleta como medio de transporte urbano, y cada vez menos voces se atreven a cuestionar la legitimidad de la presencia de la bici en la ciudad. Es el momento de que, desde las entidades y personas comprometidas con la movilidad sostenible, hagamos progresar el discurso y pongamos sobre la mesa de la movilidad argumentos clave para los que la sociedad empieza a estar preparada.

No os voy a contar otra vez por qué es necesario que uséis la bici ni os voy a echar la bronca por no hacerlo. Lo que sigue pretende ir un paso más allá del tópico y analizar por qué no la usáis; después de leerlo, sacad vuestras propias conclusiones.

Necesaria perspectiva

Se suele alegar que en los Países Bajos (popularmente, Holanda), la bicicleta se utiliza mucho porque es un sitio muy llano... y nada más lejos. Que sí que es llano pero no es esa la razón de que empleen la bici; también cuentan con elementos disuasores como un clima desapacible en el que el viento suele ser una barrera tan grande como la peor de las cuestas. Y, sin embargo, la bici se usa masivamente.

El caldo de cultivo que dio lugar a esta situación no va ni con la orografía ni con la climatología, hay que buscar en otro lado: se trata de una sociedad eminentemente práctica y muy consciente de una de sus grandes limitaciones: la escasez de suelo. En los Países Bajos, también se ha promocionado el automóvil e incluso se vivió un cierto proceso de desprestigio de la bicicleta pero cuando la sociedad neerlandesa intuyó el grave atolladero al que le llevaba el coche-para-todo, revirtió rápidamente la situación. Simplemente, no podían permitirse ir en coche a por el pan.

En los Países Bajos, se invirtió la tendencia relativa a la imagen del uso de la bicicleta y se pasó del desprestigio al elogio. Consecuencia: la bici es mayoritaria en los desplazamientos urbanos y la utilizan personas de todo tipo más allá de barreras de edad, sexo o poder adquisitivo.

Tirando del hilo

Allá donde miremos, se repite la misma historia: el uso (o no) de la bici está condicionado fundamentalmente por cuestiones de prestigio social; como cualquier otra cosa, en realidad: nadie quiere estar en el bando perdedor. Algunos ejemplos comunes: «Pero, ¿no te da vergüenza ir en bici, a tu edad?», «¿Qué van a pensar de ti en el trabajo?», o el también típico: «¿Cómo voy a ir en bici, si tengo que visitar a un cliente?, ¿y si me ve llegar?».

Estas son frases habituales en nuestro entorno; tan habituales que a muchos de quienes leéis quizá os parezcan normales. Y son frases representativas del estigma que sufre la bicicleta y, por extensión, quien decide utilizarla para desplazarse, que tendrá que soportar una presión social latente; a veces, explícita y que siempre mina conciencias pero que, sobre todo, es un elemento disuasor de primer orden. Alguien dijo una vez que la única pega que veía al uso de la bicicleta es que siempre tienes que estar dando explicaciones. Desde luego, nadie te preguntará con extrañeza por qué vas en coche. Aún.

Se trata, en definitiva, de un juego de prestigio y desprestigio. No es otra cosa. Es importante tener esto claro porque es esa imagen interesadamente prestigiada del automóvil la que nos hace olvidar o pasar por encima de factores prácticos y hasta del sentido común: ¿es eficaz movilizar una máquina de más de una tonelada para transportar a una persona durante 5 kilómetros a una media de 20 km/ h? Con esos números en la mesa, parece difícil decir que sí y, sin embargo, parece también que nadie duda que el automóvil está ahí por méritos propios; dudosos méritos que se pueden resumir en una velocidad media similar a la de los carros de caballos de hace unos siglos. Esa es la triste realidad del coche en la ciudad.

El coche y su uso han sido metódicamente promocionados en base a la mencionada estrategia de prestigio y desprestigio. Adivinad dónde queda la bicicleta en este orden de las cosas: ese artefacto anticuado, de cuando éramos pobres y no teníamos otra cosa y convertida en símbolo de ese pasado del que huimos y al que, por supuesto, no queremos volver.

Éste es el gran factor disuasor, así como la gran diferencia entre nuestro país y otros de nuestro entorno y la circunstancia que, aún en la coyuntura actual, impide que nuestra sociedad evolucione en su forma de desplazarse: es duro asumir un estigma social.

Quien se plantea utilizar una bicicleta para sus desplazamientos cotidianos, debe hacer frente a una presión multilateral, no sólo mientras monta en la bici sino a todas horas. En el fondo, es siempre por lo mismo: quienes conducen un coche y se sienten agredidos por la mera presencia de una bicicleta no manifiestan sino su desprecio y falta de consideración por un vehículo desprestigiado y al que consideran sin derecho a estar ahí.

Identificar el problema es fundamental para poder combatirlo adecuadamente. Si nos limitamos a esperar que las infraestructuras exclusivas para ciclistas resuelvan algo o, peor aún, a aceptar la dictadura del automóvil como algo normal, no conseguiremos propiciar el que haya más bicicletas en las calles. Lo que realmente necesitamos es un proceso de prestigio del tráfico en bicicleta: presentar en sociedad a la bici y a quien la usa como elementos positivos que contribuyen a mejorar la movilidad, la convivencia y el paisaje urbanos.

Tenemos que conseguir que la gente tenga ganas de usar la bicicleta, que quien la use se sienta orgulloso/a de hacerlo; que quien se encuentre con alguien en bicicleta vea la imagen de la modernidad y el futuro. Que montar en bici sea símbolo de inteligencia.

Las instituciones tienen aquí un papel clave porque cuentan tanto con la capacidad de difusión como con la autoridad moral para llegar a la ciudadanía. Desde el mundo asociativo, el techo mediático es bajo: ni tenemos los medios ni la autoridad moral; especialmente entre las capas sociales donde más necesitamos difundir nuestro mensaje. Predicamos en el desierto. Sin embargo, si un cargo público representativo en un cierto ámbito anima a la sociedad a usar la bici, suena diferente. Ya no se trata de cuatro hippies anti-sistema.

Hippies, anti-sistema, vagos; normalmente, jóvenes que, por supuesto, no trabajan; porque hace falta no trabajar para poder perder el tiempo dando «por saco» con estupideces sobre la bicicleta. La gente seria, la que trabaja, la que madruga, va en coche; o, si no, en transporte público pero, preferiblemente, en coche, que es, de hecho, uno de los premios bien ganados tras tanto sacrificio. ¿Qué tal esa ración de tópicos?

Y sin embargo, la realidad es bien distinta: el perfil medio de la persona usuaria de la bicicleta en las ciudades de nuestro entorno responde más bien a alguien de mediana edad, con estudios superiores y empleo estable (sea lo que sea lo que eso significa hoy en día; pero eso es otro tema) y, me permito la licencia, con un nivel cultural que suele ir bastante más allá de esos estudios superiores.

Lo vulgar es ir en coche; eso lo hace cualquiera. En numerosos casos, de hecho, el coche funciona como ese gueto que sirve de refugio para cierta gente vulgar.

En el norte de Europa, es habitual encontrar en bici a gente con ropa elegante, sea por trabajo o por glamour. Vuelvo a echar mano del ejemplo paradigmático de los Países Bajos, donde es difícil imaginar que alguien tenga reparos en presentarse en su trabajo conduciendo una bici… seguramente, sus superiores también van en bici. Se va en bici a hacer las compras, a visitar a una amistad o a la ópera. A un museo o a un concierto de rock. Van en bici el chaval de instituto y la abuela. Todo el mundo tiene bici y es impensable que alguien no sepa montar en bici.

La lógica de la renuncia

Una percepción generalizada pero, a la vez, profundamente perversa sobre el uso de la bicicleta nos lleva a otro estigma; éste, más sutil: el discurso de la renuncia.

Hay que ir en bici porque es bueno para la salud, porque es bueno para el medio ambiente, porque hay que ahorrar energía o porque está de moda (esto todavía no, pero todo llegará...) Todas estas razones están muy bien pero llevan implícito un mensaje derrotista: parece que es necesario justificar el uso de la bici en base a alguna otra causa superior: la salud, el medio ambiente... y que la bici no tiene valor en sí misma. Vamos, que, si no fuera por todos los problemas que hemos causado ya, seguiríamos yendo en coche y tan felices; pero nos tenemos que resignar a perder esa parte de nuestro bienestar porque no queda más remedio.

Ése es el discurso de la renuncia. Desde el ámbito de quienes trabajamos por el fomento del uso de la bici como medio de transporte, es un error estratégico plantearlo en esos términos porque la sociedad no está dispuesta a aceptar renuncias que saben a derrota y, así, jamás vamos a conseguir que nuestro mensaje se difunda más allá de los pequeños grupos de personas ya concienciadas. Pero esto es un artículo público y no un documento interno de trabajo: más allá de estrategias, lo que aquí es importante comentar es que las cosas no son así. Que usar la bicicleta no requiere que renunciemos a nada. Que por ir en bicicleta no vamos a vivir peor.

La bici, por encima de todo, es práctica. Es una herramienta increíblemente útil y, en el medio urbano, resulta prácticamente imbatible en prestaciones a todos los niveles: tiempo de viaje, facilidad de aparcamiento, autonomía, independencia, coste y, muy importante, calidad de la experiencia de quien la usa.

Nuestra sociedad tiene miedo a la bicicleta porque, con su sola presencia, nos obliga a reflexionar. Porque pone de manifiesto que quizá todo lo que nos han contado sobre los coches era mentira y cuesta reconocer que quizá llevemos varias décadas viviendo una mentira.

Si preguntáis a alguien que use la bici habitualmente, la respuesta será prácticamente unánime: son casi todo ventajas. Pero (y éste es el gran «pero») hace falta animarse a intentarlo para darse cuenta. Hace falta vencer los miedos personales y afrontar esa pequeña salida del armario que supone presentarse en bici en, por ejemplo, los círculos profesionales sin la conciencia de estar haciendo algo «malo».

Animaos a utilizar la bicicleta. Ejerced vuestro derecho a circular y a elegir el vehículo que prefiráis sin coacciones, no dejéis que os pisoteen ese derecho. Comprobad todo lo que la bici os puede aportar.

Iñaki Díaz de Etura
Usuarios de la Bicicleta
Vicepresidente de la Asociación Cicloturista Pedalibre de

Revista Verano 2010

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