martes, 9 de agosto de 2011

FILOSOFANDO


Cuando visité la exposición De mono a hombre leí un libro interesante que dice: “El proceso de humanización no ha terminado aún“, del antropólogo Eudald Carbonell, en el cual nos dice que hay que conseguir socializar el conocimiento y que los logros y beneficios de la tecnología deben llegar a toda la sociedad.
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En el resumen del libro se plantea que uno de los pasos para el desarrollo de la humanización es lograr una economía más racionalizada.


¿Qué es una economía más racionalizada?. No creo que se refiera a una economía planificada, aunque hará falta una planificación global sobre temas que afectan a la humanidad y que suponen una amenaza para una gran parte de los habitantes del planeta y han de ser controladas, como son el crecimiento demográfico, los problemas medioambientales y el aprovechamiento unilateral de las fuentes de energía y materias primas.

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Una economía más racionalizada consiste en razonar sobre el proceso económico y buscar medidas concretas que permitan la distribución de la riqueza y a la vez mantengan la dinámica de crecimiento económico, haciéndolo sostenible desde el punto de vista medioambiental. Al introducir estas nuevas variables en los análisis teóricos de economía es como llegamos a ver la necesidad de establecer la Renta Básica, una vez que sea posible, a través de la propuesta de financiación de la asociación Arenci.


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Como explica Jared Diamond en su obra “Ocaso” , es necesario recoger las cuestiones ambientales en función de la economía, pues en su estudio llega a la conclusión de que el declive de todas las civilizaciones y modelos de sociedad que han sucedido a lo largo de la historia tienen un denominador común: el deterioro del medio ambiente. Este deterioro afecta a la fertilidad del suelo, la salud, cambios climáticos, hasta ahora de una manera local, pero en este momento repercute en el planeta Tierra de manera global.

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La sociedad actual tiene la oportunidad de analizar los sucesos del pasado y aprender de sus errores, tomar decisiones y actuar en consecuencia. Por una parte los economistas no manejan la sostenibilidad ecológica como variable de sus estudios de economía política. Las pautas de la política económica de los gobiernos se establecen sobre la base del crecimiento económico y la creación de empleo, junto con el ajuste presupuestario para evitar la inflación. A medida que quieren solucionar la crisis ésta se agrava y el deterioro ecológico es cada vez mayor.


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El nuevo concepto de la Productividad Total de los Factores (PTF) se utiliza de manera mecánica, tanto en los modelos liberales como keynesianos, y no tienen una visión de la economía en su conjunto, los árboles no les dejan ver el bosque. Una economía basada en la deuda nunca podrá ya crear riqueza, porque necesitaría endeudarse más y ya no es posible.


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Por otra parte los políticos caen cada vez más en el tacticismo, como estrategia de mantenerse en el poder, para lo cual se planean políticas de confrontación con la oposición y medidas que caigan bien a determinados sectores, sin hacer pedagogía política ni debates críticos sobre las necesidades globales de nuestra sociedad. Hacen que su labor sea únicamente propaganda y no política de ideas, lo cual afecta a la esencia misma de la democracia, que se está falsificando.

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Se mantienen lo que algunos sociólogos y economistas críticos llaman las «ayudas perversas», que impiden el desarrollo de los países pobres e incrementan la destrucción del medio ambiente. Esto ocurre con las subvenciones a sectores cuyos productos no son rentables sin las ayudas dadas, la agricultura, la pesca, el agua de regadío, el azúcar, la minería del carbón. Esto se ve en casos como en los países ricos que se ven obligados a mantener las centrales térmicas. Las ayudas a los agricultores impiden la comercialización de productos de países pobres, que ven inundados sus mercados por otros excedentarios y abaratados por esas ayudas públicas.

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Los políticos se ven acorralados por la necesidad de resultados electorales, sin ver que con W. Churchill de presidente del gobierno Gran Bretaña ganó la II Guerra Mundial, pero perdió las siguientes elecciones. Hoy es necesario ganar el reto sobre la amenaza global que nosotros mismos, como sociedad, hemos creado. A veces hay medidas que son paradójicas y no se entienden hasta pasado el tiempo.

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Cuando Henry Ford subió el sueldo a sus obreros, más allá del convenio y por decisión propia, los accionistas le denunciaron a los tribunales, pues perdieron valor sus acciones. Sin embargo salieron ganando a largo plazo, pues esos mismos trabajadores fueron quienes compraron los coches que fabricaban, lo que de otra manera no hubieran podido hacer por ser un artículo de lujo. Bajar los precios con la productividad en cadena y ampliar el mercado con la subida del nivel de vida consiguió incrementar a largo plazo el valor de las acciones.

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Desde el punto de vista ambiental fue un error, pero en aquella época no se supo. Actualmente la fiscalía de California ha emprendido una batalla legal contra los fabricantes de automóviles por no dejar comercializar otros motores que eviten la contaminación con el CO2 que atenta contra la Humanidad.

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Asistimos a una serie de cambios, que algunos analistas consideran «una mutación histórica» a la que hay que habrá que adaptarse, lo cual requiere nuevas maneras de pensar los problemas y racionalizar la economía, como forma de adaptarse a la nueva realidad. Es decir evolucionar. Lo que para la derecha suele ser aplicar la evolución hacia atrás, la involución.

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Hace un año el escritor y premio Príncipe de Asturias, Carlos Fuentes, planteó que el paso de la economía industrial a otra tecnológica y de servicios es un cambio tan radical que hace falta un ajuste que tenga en cuenta el desplazamiento del empleo.

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Luis Martínez Noval, antiguo ministro de Trabajo, expuso en las Jornadas sobre Economía Política, celebradas en León (2004), que ha habido una evolución en las políticas sociales, y a su vez describió una serie de fenómenos que considero se pueden entender como crisis del empleo, como son las prejubilaciones, la diferencia entre el salario real y el monetario, los ajustes de plantillas, nuevas enfermedades laborales de tipo psicológico, etcétera. Pero nada de estas reflexiones se tiene en cuenta para producir un cambio de modelo.


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Hay que cuestionar la centralidad del trabajo como eje de la economía y la política. Y esto es a lo que da respuesta la Renta Básica, como base de subsistencia y de forma incondicional a las personas de una determinada zona monetaria en la que se pueda aplicar, como es la zona euro.

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La Renta Básica define el crecimiento económico, porque responde a la pregunta ¿hasta dónde y cuándo?, ¿hasta que quede esquilmado nuestro planeta?. La racionalidad nos lleva a pensar que hasta que sea posible la Renta Básica, y favorecer de esta manera un crecimiento sostenido. Esto exige que los políticos se bajen del árbol y empiecen a andar en otra dirección, pensando en el futuro, el de todos, pues somos una especie aún en evolución. De mono a humano.

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