lunes, 4 de junio de 2012

NOS CARGAMOS EL MUNDO RURAL IMPÚDICAMENTE.

En el “productivismo”; se tenía una fe ciega en un crecimiento económico sin freno, y ninguno de los futurólogos, economistas y científicos de la época podían prever un cambio de sensibilidad y mentalidad que pudiera cuestionar y frenar ese mismo crecimiento.

Aunque no pueda situarse fuera de las leyes naturales, el modo de producción capitalista está, de diferentes maneras, en total contradicción con la naturaleza y con los procesos naturales de desarrollo. Para el capital, el factor determinante en este proceso es meramente cuantitativo, definido por la relación tiempo de trabajo / dinero, por la ley del valor. El capitalismo no puede tomar en consideración las relaciones cualitativas y globales.
A su vez, la producción capitalista se basa en procesos cíclicos que buscan ser completados en el lapso más breve posible y en los que la suma invertida debe multiplicarse. La repetición constante de este ciclo de producción del capital (que exprime todo el jugo a los recursos) y la creciente parcelación, comocondición del rédito, conducen a un gran aumento de entropía. El resultado de esta contradicción es que el modo capitalista de producción impone, desde afuera, un régimen de tiempo y espacio a los procesos naturales. La explotación de los recursos existentes no puede tomar en cuenta el tiempo requerido para su producción y regeneración natural. La producción de mercancías no atiende las diversas formas de vida social que encuentra. La expansión territorial requerida para garantizar la producción, las nuevas fuentes de energía y el transporte no toman en consideración a los medios naturales ni a las comunidades vegetales y animales. La causa de este tipo de desarrollo destructivo no es, por lo tanto, la irracionalidad capitalista, sino precisamente su lógica inherente. La demanda socialdemócrata de “crecimiento cualitativo” se ve así atrapada por la lógica del capital, ya que el crecimiento que garantice una vida de calidad para todos y la ley del valor se excluyen mutuamente.
La racionalidad capitalista determina las acciones del capital individual. Sin embargo, la competencia entre diferentes grupos hace que el sistema en su conjunto sea irracional. La inteligencia utilizada en el desarrollo de la producción, así como en el uso de los recursos y la protección ambiental no rebasa el umbral de la fábrica. Esto tiene efectos destructores en todas las esferas en que nadie se considera responsable: el aire, el agua y la tierra. La competencia conduce a crisis periódicas de sobreproducción cuando un enorme porcentaje de materia y energía ha sido invertido en mercancías que no pueden ser vendidas. Además, el mercado también incita a producir publicidad, drogas y armamento que, desde el punto de vista de su valor de uso, son supérfluos, si no nefastos; pero que generan jugosas ganancias en tanto que valores de cambio. Finalmente, la competencia y la lucha por el lucro y por obtener ganancias suplementarias originan acciones ilegales, incluso bajo las leyes capitalistas: ignorar restricciones ambientales, contaminar productos, evitar tests exhaustivos de los productos, falsificar la descripción de su contenido, descargar desechos de manera ilegal, etc.
La palabra “productivismo”, popularizada por el movimiento ecologista, traduce, a veces de forma confusa, un aspecto de lo irracional del sistema capitalista. En lugar de crear progreso social, el desarrollo de la productividad conduce a intensificar la explotación de la fuerza de trabajo, las opciones de producción desconectadas de las necesidades sociales y ecológicas, y las crisis crónicas de sobreproducción. La producción funciona como si fuera un fín en sí misma.

Es en los países capitalistas desarrollados donde la explotación económica –es decir, el proceso de cuantificación económica- del sustrato natural, social e histórico preexistente está más avanzada. La producción de mercancías domina ya todos les sectores de la vida social, mientras que el proceso social de producción se halla cada vez más fragmentado y las relaciones de propiedad –que la competencia entre propietarios de medios de producción impide que queden fijadas por completo- están cada vez más centralizadas.
Esto ha conducido a los mismos problemas ambientales fundamentales en todos los Estados imperialistas, lo cual contribuye a probar que estos problemas no son producto de “averías” o “fallas” sino que son el resultado internacional del funcionamiento mismo del sistema.
La privatización de los servicios públicos y la expansión incontrolada de las ciudades, así como la construcción masiva en las mismas, conducen a una terrible degradación del entorno urbano, con la desaparición de espacios verdes y la destrucción de arboledas y bosques por las carreteras y autopistas. La explotación —utilizando casi hasta el último centímetro cuadrado para constituir zonas industriales, centros de intercambio, centros comerciales, ciudades dormitorio, centros de vacaciones o zonas administrativas— ha llevado a aumentar los tiempos de transporte, a pesar de que las necesidades siguen siendo más o menos las mismas. La política de transporte, basada en el automóvil individual con motor de combustión interna, tiene como consecuencia el exceso crónico de automóviles y amenaza con paralizar o asfixiar todas las grandes aglomeraciones urbanas.
Las relaciones que implica la propiedad concentrada en pocas manos, en particular en el abasto energético, prefieren el uso masivo de combustibles fósiles o de plantas electro-nucleares. Estas fuentes de energía ejercen una gran presión tanto sobre la atmósfera como sobre la salud humana, y además implican un uso profundamente irracional de la energía.
La irracionalidad del mercado y la búsqueda del beneficio son responsables, de modo decisivo, del problema de los residuos. Para las empresas, cada vez es más “ventajoso” tirar, arrojar al vertedero o quemar lo que resulta inútil para la producción. De ese modo, las montañas de residuos –en particular de residuos tóxicos- se han convertido casi en un símbolo de la sociedad capitalista de la superabundancia. Ello por no hablar del monumental problema que plantean los residuos nucleares militares y la destrucción del medio ambiente que causan las guerras, en especial las expediciones militares imperialistas. El capitalismo no está en condiciones de corregir esos “excesos”.
Los efectos de estos problemas ambientales fundamentales: urbanización galopante y destrucción del paisaje, desmembramiento del transporte, contaminación del aire por vehículos privados de combustión interna, producción de contaminantes tóxicos de la industria química y dependencia de ella, destrucción de la atmósfera por centrales eléctricas a base de combustibles fósiles y por la radiación de las centrales nucleares y la acumulación de montañas de desechos. El capitalismo es incapaz de revertir este “desarrollo erróneo”. Eso requeriría el uso cuidadoso de recursos como la única guía para la acción; pero eso entra en contradicción con el principio fundamental del capitalismo. En este sistema se puede disponer “libremente” de los recursos, como el agua y la tierra, de modo que son usados, desperdiciados y envenenados sin que las relaciones sociales dominantes ejerzan una autoridad restrictiva. Son concebidos como “factores externos”, y no sólo en el sentido económico. Son objeto de la búsqueda de ganancias privadas, de modo que los recursos sólo son escasos para quien los compra. Quienes los venden tienen un interés fundamental en expandirse y resisten todo racionamiento o economía.
Todo intento de control se topa con, entre otras cosas, la actual campaña capitalista por la desregulación. En caso contrario, se basan en la suposición errónea de que la ley del valor es de algún modo capaz de distinguir entre lasganancias “buenas” (no dañinas para el medio ambiente) y las “malas”. Los Estados imperialistas están condenados a ocuparse de los problemas cuando ya han aparecido, lo cual sólo puede tener un éxito limitado, haciendo composturas superficiales y tomando medidas para limitar los efectos, como la utilización de filtros y la limpieza de los humos de escape o de los desechos líquidos.
La producción capitalista también moldea al consumidor. En esta medida, el comportamiento humano individual se suma a la crisis ecológica e inhibe su solución. Un ejemplo flagrante de ello es lo que se podría denominar “dictadura del automóvil”, es decir, el sistema –catastrófico desde el punto de vista ecológico- del coche individual, promovido por la mercadotecnia de la industria automovilística, por la ideología individualista burguesa y por la degradación deliberada de los transportes públicos, pero también por la estructura urbanística de las grandes ciudades, que obliga a los trabajadores a realizar grandes desplazamientos. El credo de la ideología burguesa que afirma “que la gente es responsable de la crisis” influye directamente sobre este factor. No obstante, es pequeña la influencia que pueden ejercer los cambios del comportamiento individual sobre el carácter fundamentalmente funesto de la producción capitalista sobre el medio ambiente.
                      
                      

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