martes, 26 de agosto de 2014

Este excelente articulo publicado en el mundo sobre el estado de arbolado de Madrid vale perfectamente para el lamentable estado de las zonas verdes de Alcorcón .SE TITULA LA REBELIÓN DE LOS ARBOLES.

TODAS LAS FOTOS DE ESTE ARTICULO SON DE ALCORCÓN Y SON DE DE AGOSTO DE 2014 ES DECIR DE AHORA MISMO.




No me queda otra que estar de acuerdo con la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, respecto a su justificación de la lluvia de materia vegetal que estos días soportan los vecinos de la capital. La edil señalaba como algo "normal" la caída de ramas que ha convertido en actividad de riesgo dar un paseo por nuestras calles o adentrarse en El Retiro. Claro que es normal que estén cayendo ramas. Incluso que se desplomen árboles enteros, si tenemos en cuenta las circunstancias padecidas por los sufridos vegetales.
Señalan los sindicatos que las plantillas se han reducido. La jardinería es una profesión muy específica que se aprende con la práctica. Los ajustes han dejado fuera a jardineros que trabajaban en el Ayuntamiento desde hace 20 años. Experiencia a parte, la externalización de los servicios ha hecho que la densidad de jardineros por metro cuadrado haya disminuido de forma notable. Lo peor es cómo se distribuyen.
No hay más que darse una vuelta por el Centro, Madrid Río pongo por caso, para comprobar la presencia de entusiastas cuadrillas trabajando a destajo. Si por el contrario se marcha a la periferia, la cosa cambia. En los jardincillos de César Manrique, por citar un ejemplo de barrio, de Barrio del Pilar concretamente, solo se ve aparecer un día cada tres meses a un obrero a bordo de una aradora, que se lleva por delante el manto vegetal nacido silvestre y dejándolo hecho un patatal. Nadie vio regar nunca los árboles.
Madrid tiene muchísimos árboles, su patrimonio es excepcional: más de dos millones y muchos ejemplares muy viejos. Hasta hace veinte años las podas eran tan salvajes que se acuñó el término poda-tala. Llegaban las brigadillas y en un pis pas con la motosierra dejaban un árbol frondoso convertido en palitroque. Los expertos señalan que un corte de más de 20 centímetros es difícil de asimilar por el árbol, convirtiéndose en puerta de entrada de insectos xilófagos, microorganismos y animales que anidan en el hueco, pudriéndole las entrañas.
Los ejemplares malpodados entonces, son los que hoy aparecen huecos y podridos con esa lepra vegetal que los desmembra sobre nosotros. Las cosas ya no se hacen así. Aunque la estrechura de los contratos, hacen sospechar la contratación de personal no demasiado preparado para estos trabajos.
La presencia permanente y extendida por toda la urbe de las obras son causa importante del deterioro de nuestro arbolado. La apertura de zanjas cercena las raíces de los árboles, que no por ello dejan de crecer. Cada vez más altos, se agarran al suelo cada vez con menor fuerza. El centro de gravedad se eleva, facilitando que caigan con el menor golpe de viento o por la fuerza de la gravedad.
La plantación de especies inadecuadas al hábitat urbano, como pinos y olmos, y la falta de riego son otras razones que nos han llevado hasta aquí. Igual que la contaminación y los altos porcentajes de ozono en la atmósfera, algo en lo que Madrid es campeona de Europa, contribuyen a una alteración de los procesos bioquímicos del vegetal.
Las primeras conclusiones de los expertos harán llevarse las manos a la cabeza a más de uno: solo en El Retiro hay que cortar 300 árboles por peligro de caída. Se trabaja en un diagnóstico de su arbolado del que saldrán medidas para remediar esta aparente plaga. Sería deseable que se extienda al resto de nuestra ciudad.
Me vienen a la cabeza las investigaciones que el biólogo Wouter Van Hoven realizó en las sabanas africanas en los 80. Después de observar el comportamiento de jirafas, antílopes y otros herbívoros, este profesor de la Universidad de Pretoria concluyó que las acacias se comunicaban entre sí. Cuando alguno de aquellos se acercaba a ramonear sus hojas, el árbol atacado emitía etileno gaseoso, señal que transmitía el viento y recibía el resto de ejemplares del bosquete. De inmediato, todos acumulaban grandes cantidades de letal tanino en las hojas, que les daba mal sabor y envenaba a quienes les mordían. Cientos de antílopes mueren cada año por esta causa en Sudáfrica, mientras que las jirafas han aprendido que solo pueden comer acacias situadas cuando tienen el viento a favor.
No tiene esto mucho que ver con la lluvia de ramas. O sí. Tal vez los árboles de nuestra ciudad se han hartado de unas condiciones, de lejos más insoportables que los mordiscos que reciben las acacias africanas. Así, en una suerte de confabulación secreta se han puesto de acuerdo para unos contratatacar, arrojando sus ramas sobre los que consideran culpables de tan infames circunstancias, mientras que otros simplemente se suicidan encima de nosotros.

No reconozco a mi querido Alcorcón (6 fotos)

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